• Poca calidad de vida nos queda en las ciudades. Más ahora, en tiempos del COVID-19. Pocas son las urbes que han hecho su parte para devolver a sus habitantes -que no tuvieron otra que emigrar a la ciudad para trabajar en la industria, servicios y cuidados ajenas- la dosis de salud -física, social y ambiental- que desapareció entre fábricas, hormigón y asfalto en los años de desarrollismo. Salud que buena falta nos hace ahora a todos. Como decía Antxon Olabe en pleno confinamiento, “este virus ha sido una enorme bofetada de la tierra: somos seres biológicos y vulnerables. Toda una cura de humildad que nos invita a trabajar por una reconexión con nuestros ecosistemas más cercanos”.
  • Errenteria, Lousada, Madrid han recuperado sus ríos y bosques para sus vecinos. Palma de Mallorca o Valencia están en el mismo buen camino. Pero nos preguntamos si esta pandemia nos invita o más bien nos obliga a transformar nuestras ciudades igual que ya el virus ha cambiado para siempre nuestra manera de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza, que es como cambiarlo todo.

 Por Lidia Ucher. 

Este artículo se enmarca en las jornadas Ciudades transformadoras, ciudades con futuro. Fue publicado por Alterconsumismo (El País)

“Jack, el colapso no se va a producir. No aquí.” Con esta demoledora sentencia, Sofía Desmarest, la ministra de Ecología francesa, despacha a su antiguo compañero de lucha climática del plató de televisión en el que se cuela para dar un S.O.S ante la audiencia de uno de los tantos frívolos shows que la caja tonta emite en horario prime time. Nos recuerda, por un momento, a la presidenta de la Comunidad de Madrid el pasado viernes: “Es necesario evitar a toda costa el estado de alarma, supondría el desastre económico”.

La serie francesa “L’effondrement”, El Colapso, producida por Les Parasites, nos pone frente al espejo de la miseria humana a golpe de ocho capítulos rodados en plano secuencia, miseria que estalla a borbotones cuando el colapso, finalmente, se produce, y se produce aquí: nuestra propia casa en llamas.

Jack, antes de abandonar el plató, da un buen consejo al público, que aplaude con fervor su llamada a crear redes en los barrios, buscar nodos, conexiones con nuestros vecinos, en nuestras comunidades, establecer vínculos con los comercios locales, no aislarse y saber a quién recurrir en el caso de necesitar ayuda.

En definitiva, lo que tantas redes de cooperación y solidaridad han intentando hacernos ver durante los últimos años, a punto de cumplirse una década desde esa gran última revolución social que vivimos en nuestras calles, plazas, barrios y ciudades: el movimiento 15 de mayo.

Y es que, hablando de crear redes en nuestras ciudades para evitar la que se avecina y construir urbes más vivibles, un dato: de los ya más de 7.500 millones de personas que habitamos este planeta, más de la mitad –alrededor del 55 por ciento– residimos hoy en día en zonas urbanas. Por si esto parece poco, se prevé que en 30 años -hacia 2050-, los “urbanitas” representemos más de dos tercios de la población mundial —o 6.200 millones de personas—. Tan magna cifra de personas que vivirá en ciudades desafía, sin duda alguna, “la capacidad de las ciudades para afrontar importantes retos”, ya señalados por entes como el PNUD -Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo- en su Informe sobre Desarrollo Humano, o los renombrados Objetivos de Desarrollo Sostenible[1], que aluden a lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean “inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”.

Miseria que estalla a borbotones cuando el colapso, finalmente, se produce, y se produce aquí: nuestra propia casa en llamas.

Con estos cálculos sobre lo que representan hoy las ciudades en el mapa humano del mundo, no faltan ideas que resuelvan estos grandes desafíos.

Pero en  esto llegó la pandemia. Y nos dejó colgados de un hilo y sin red. El confinamiento, diseñado desde, por y para las grandes urbes, dejó desiertas las calles, solas a las personas mayores, vacías las estanterías de papel higiénico, colapsados los hospitales, y florecidas las aceras, limpio el aire que respiramos… Entre tanto caos, fuimos conscientes, por un instante, de lo vulnerables que somos, y la escasa capacidad del sistema para hacer frente al colapso. Pero también vimos cómo brotó de nosotros la solidaridad, la voluntad de cooperar, de sacar fuerzas para apoyar a nuestro personal sanitario, de visibilizar los trabajos esenciales -la limpieza, la agricultura, los cuidados…- aprendimos a hacer pan, a cuidar, a escuchar, a aplaudir a los demás, a darnos cuenta de que asomados a nuestras ventanas, la vida seguía, brotaba, con otro ritmo más natural, acorde con un ciclo que habíamos olvidado: el de la naturaleza, que nos recordó que cuidándonos unos a otros, cuidando nuestras casas, nuestra salud, estamos cuidando la vida.

Todos ahora, en esta compleja desescalada, sabemos ante qué estamos cuando oímos hablar de morir en soledad, ingresar en un hospital de campaña, no poder llevar a nuestros hijos al cole, no poder abrazar ni ver a nuestros mayores, ni viajar lejos. Otras, hemos descubierto el placer de quedarse en casa, plantar un árbol, cultivar un huerto, coger una bici, dar un paseo y descubrir un bosque a un kilómetro a la redonda.

Por suerte, la piel tiene memoria, dicen, y esas sensaciones no son difíciles de olvidar. Por suerte, también, muchas son las iniciativas que llevan tiempo trabajando en cambiar las cosas. La pandemia las ha venido a poner frente a nuestros ojos, y los medios de comunicación han hablado, casi por vez primera, de algunas de ellas. Siempre nos quedará Alterconsumismo para poder recordarlas, descubrir que el sol sigue saliendo cada mañana.

Vamos allá. Empezamos por nuestro entorno más inmediato, pero también sirvan estas líneas para acercar al lector otras iniciativas que desconocemos precisamente por esa lejanía, no tanto geográfica sino cultural, que a veces nos impide descubrir otras realidades que bien podemos hacer nuestras antes de que sea tarde.

Paisajes para la salud, nuestra vitamina verde

“La naturaleza te cura.” Es una de las leyendas de los paneles que encontramos paseando por el entorno del río Oiartzun a su paso por Errenteria. Sí, esto fue antes de la pandemia, lo que nos da buena cuenta de que estábamos avisados de que dando la espalda a la naturaleza tenemos las de perder, en cuestión de salud, no solo física, sino mental y sí, también ambiental.

Paneles en el río Oiartzun a su paso por el casco urbano de Errenteria. @Lidia Ucher

Errenteria decidió aliarse a ella y crear “paisajes para la salud” en la singular confluencia entre el río y el mar en esta gran urbe guipuzcoana, y decirlo bien claro y alto a sus vecinos: nuestro patrimonio natural, bosques y ríos, la naturaleza que nos rodea, son nuestra vitamina verde, y como tal hay que conocerla y reconocerla, mirarla y convivir en paz también con ella. El mismo panel nos recuerda que “tocar” y “sentir” la naturaleza mejora nuestro bienestar físico, psicológico y social “y ayuda a superar los síntomas del Trastorno por Déficit de Naturaleza (TDN)”.

Y así lo constatamos. Recorrer los parques de Fanderia, el paseo de Iztieta o el parque biosaludable de Gabierrota, te hace olvidar que estamos en pleno casco urbano,  incluso que a poco más de 500 metros se encuentra la centenaria fábrica de papel Papresa, que sigue produciendo 1.000 ™ de papel prensa al día desde el corazón de la ciudad, a orillas del río. Es más, la ingeniería natural en este entorno –bioingeniería- te permite bajar a pie de río por troncos talados a modo de escalones, refrescarte en sus aguas, ver al salmón atlántico saltar corriente arriba, patos y gallinetas avanzar en lo que parece una carrera a las bicis que circulan a ambas márgenes del río, meditar o hacer ejercicio sentada en los bancos de madera a la sombra del frondoso bosque en el que te adentras nada más bajar la rampa desde la calle. Todo ello se recoge, además, en una guía con consejos de salud.

El mismo panel nos recuerda que “tocar” y “sentir” la naturaleza mejora nuestro bienestar físico, psicológico y social “y ayuda a superar los síntomas del Trastorno por Déficit de Naturaleza (TDN)”.

Nada más terapéutico que esta conexión auténtica y fascinante con la naturaleza, conociendo además su alto valor ambiental sin olvidar lo estético, que sin duda también cura en estos tiempos de mascarillas -de las que también nos tendremos que hacer amigas y aprender a no  dejarlas tiradas en cualquier orilla de nuestros ríos y mares, por favor-.

Sigues leyendo curiosa los paneles. Otro recuerda a los vecinos que el río Oiartzun se transforma en una auténtica “autovía” a su paso por Errenteria, Lezo y Pasaia, y que el salmón atlántico “mete el turbo” aquí para desovar en el río en el que nació después de recorrer 5.000 kilómetros de distancia.

Pero avisa: el río no es asfalto: “tiene vida!”, por lo que hay que cuidarlo y también hacer obras de mejora para disfrute de propios y ajenos, incluidos nuestros amigos salmones. Es lo que pretende el Plan de Acción del Paisaje del entorno del río Oiartzun, iniciado en 2016 y que hasta 2025 contempla hasta 47 medidas.

“Camina junto al río por tu salud”

En estos días en los que vemos sufrir a la ciudad de Madrid en plena pandemia, casi es una necesidad vital recordar la renaturalización del río Manzanares a su paso por la capital, iniciada en 2016 desde el área municipal de Medio Ambiente y Movilidad, a cargo de la concejala verde Inés Sabanés, hoy diputada en el Congreso. Gracias a la propuesta de Ecologistas en Acción, el Manzanares pasó de ser un canal degradado e ignorado por la vecindad a ser un río lleno de vida y, lo que es más importante, valorado paisajística y socialmente para su uso y disfrute.

Barandillas, paneles informativos y sendas peatonales y ciclistas llenaron de visitantes ambas orillas del río -hoy en día, con el cierre de parques y jardines, está por ver si la salud queda en buenas manos…-, incentivadas por las visitas guiadas organizadas por la asociación ecologista. Esta actuación se mantendrá gracias al compromiso adquirido por el nuevo equipo de gobierno, que prevé incluso completar el plan con la difusión de los itinerarios ecológicos en centros educativos de los barrios cercanos a Madrid Río. Todo esto, antes de la crisis sanitaria en la capital, que obliga en estos días a un segundo confinamiento en los barrios más castigados por el COVID-19.

Entusiasmada con esta proyección de lo que pueden ser nuestras ciudades-vacuna, preguntamos a la Green European Foundation, que nos habla de la ciudad polaca de Ostrów Wielkopolski, que como Errenteria, es firmante de la Declaración Vasca de municipios productivos, sostenibles y resilientes. El 23% de la población de Ostrów tiene más de 60 años.  Para facilitar su acceso a la atención sanitaria preventiva, la cultura, el deporte y la educación, así como animar su participación en la vida vecinal, se crearon viviendas públicas adaptadas a las necesidades de estas personas, en el centro de la ciudad, cerca de las paradas de autobús, el mercado, el comercio local, el espacio cultural o la farmacia. También en Polonia, encontramos el primer municipio autosuficiente energéticamente: Kisielice, un pueblo de apenas 6.000 habitantes, de los que 2.200 viven en la ciudad y el resto en áreas rurales, donde la mayor parte de la tierra es de cultivo. El 100% de la electricidad es renovable,  como las instalaciones de energía eólica y la caldera de biomasa, que se alimenta con paja proporcionada por los agricultores locales.

Lousada, laboratorio vivo

Lousada es una villa portuguesa densamente poblada en el  distrito de Porto. Con un paisaje degradado por prácticas agrícolas intensivas y serios problemas medioambientales -contaminación del agua, incendios, pérdida de biodiversidad… – la ciudad optó por resolver esto con educación medioambiental, desde preescolar.

El plan, BioLousada, fue iniciado en 2016 por iniciativa del Ayuntamiento con la Asociación BioLiving y el apoyo de la Universidad de Aveiro. Su éxito se mide por la participación de los ciudadanos en la protección y la mejora del entorno natural de Lousada: en 3 años se plantaron más de 40.000 árboles nativos, se restauraron más de 20 hectáreas de tierra degradada con la ayuda de más de 4.500 voluntarios, se crearon más de 20 estanques de vida silvestre con la participación de otros 600 vecinos, y se siguen restaurando ríos gracias a más de 200 personas voluntarias. Lousada -por cierto, hermanada con Errenteria- nos da una lección vital: El cambio lleva tiempo, pero no tanto, en realidad.

No son pocas las ciudades que lo han hecho: Palma de Mallorca ha impulsado unos contenedores móviles en el centro histórico, que no contaminan, no hacen ruido, evitan el impacto estético y se adaptan por su tamaño al entramado de callejuelas del casco antiguo. Sistema que fue replicado también en la ciudad de Errenteria, que instala por barrios y días su “garbigune móvil”, remolque itinerante de recogida de residuos sólidos urbanos. La movilidad urbana sostenible en Valencia ha llegado para quedarse, cambiando por completo la fisonomía de la ciudad mediterránea, potenciando los desplazamientos peatonales y adaptando –xino-xano como decimos en valencià-, la red ciclista y el transporte urbano a las nuevas necesidades ciudadanas.

De la misma manera que el fotógrafo Robert Doisneau retrataba con su cámara “la vida no como es, sino como a él le hubiera gustado que fuera”, por qué no ejercer nuestro derecho a construir la ciudad en la que a todos nos gustaría vivir.  De alguna manera, es la filosofía de la iniciativa de la Fundación Verde Europea ‘Cities as places of hope’, dando visibilidad a las urbes que -no sin la implicación ciudadana- nos hacen albergar esperanzas ante este futuro incierto.

[1] El objetivo 8 de los ODS hace referencia específica a lograr unas ciudades sostenibles: http://www.un.org/sustainabledevelopment/es/cities/